Lo que me dejó Día de la independencia
Confieso que llegué tarde a esta película. La tenían en la lista de pendientes desde hace años, y recién 1996 después del estreno me senté a ver Día de la independencia.
Día de la independencia es una película de ciencia ficción del 1996, dirigida por Roland Emmerich. El título original es Independence Day. La primera vez que la ves, lo que más llama la atención es la atmósfera: la forma en que está filmada te mete dentro de la historia casi sin darte cuenta.

Foto: Tengis Movie Theater - Screen / Wikimedia Commons
Buscando un poco de contexto antes de escribir esto, encontré que Aquí se da una lista con los países que celebran oficialmente el Día de la Independencia, con la respectiva fecha de cada uno y el evento que lo inspira. Nótese que algunos de los estados representados nunca se independizaron (España, Reino Unido, Italia, Japón, Tailandia...), por lo que no tiene sentido indicar un día específico de celebración, como sí se haría al contrario. Ese detalle de la historia real le da otra capa a la película, porque ya no es solo ficción: hay cosas que efectivamente pasaron.
Hay una escena que me marcó particularmente. No te voy a spoilear, pero digamos que es el momento en que el personaje principal tiene que tomar una decisión y sabés que ya nada va a ser igual. Ese tipo de escenas son las que hacen que una película quede grabada, porque te obligan a pensar qué harías vos en esa situación.
La actuación acá no es decorativa: sostiene la película entera. Roland Emmerich sabe sacarle provecho a cada momento, y hay gestos, silencios y miradas que dicen más que cualquier diálogo. Es de esas películas donde notás que cada actor entendió perfectamente a su personaje, y eso se transmite directo al espectador.
Un dato curioso que encontré: fue una de las primeras grandes superproducciones de efectos digitales masivos y rompió récords de taquilla. Pequeñas cosas así hacen que después de ver la película te quedes investigando, y eso para mí es señal de que valió la pena el rato.
El ritmo me gustó también. No tiene esa prisa de las películas actuales que te cortan cada tres minutos con un efecto o un plot twist. Acá la historia respira, se toma su tiempo, y cuando llega el momento clave, el impacto es mucho mayor porque te dejó llegar hasta ahí con calma. Esa paciencia narrativa es algo que cada vez se ve menos.
Lo que me llevo de Día de la independencia no es tanto el argumento, sino la reflexión que deja. Hay películas de entretenimiento puro, y está bien, pero estas que te hacen pensar tienen un valor distinto. La forma en que Roland Emmerich cuenta la historia te muestra algo de la condición humana que difícilmente olvides.
Lo que más valoro de esta película es que no moraliza. Te muestra situaciones complicadas, decisiones grises, y confía en que el espectador saque sus propias conclusiones. Eso es difícil de lograr y Roland Emmerich lo hace con una naturalidad que no se ve seguido.
Ojalá la veas un día de esos en que tenés tiempo de verdad, porque merece ser vista con atención. Contame después si te pasó lo mismo que a mí.
@jennyburgos — De las que te dejan pensando.
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