Un robo casi perfecto | Anécdota personal

Siempre he sido un amante del cine. No es algo nuevo.
Cuando tenía unos diez años, mi papá me regaló un equipo de DVD y, cada cierto tiempo, también me regalaba una película. Siendo niño, tener una película significaba verla una y otra y otra vez hasta prácticamente cansarme de ella.
Por aquel entonces mi papá tenía una cuenta bancaria donde le depositaban el salario, aunque no era la cuenta que usaba normalmente. Así que cada quince días teníamos el mismo ritual: íbamos al banco, retiraba el dinero y luego hacía sus cosas.
Justo enfrente había una tienda de películas.
Para mí, aquel lugar era el paraíso.
Tenían cientos de películas. Miles, no sé. En mi recuerdo eran infinitas. Mientras mi papá estaba en el banco, yo me quedaba en la tienda revisándolas minuciosamente: las portadas, los títulos, las películas que conocía, las que no conocía, las que quería ver.
Cuando él terminaba y venía a buscarme, muchas veces me compraba una.
Hicimos aquello durante unos dos años.
Por eso, cuando pasó lo que pasó, yo ya tenía una pequeña obsesión con coleccionar y ver películas.
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El librero
Una vez fuimos con mi familia y mi abuela a visitar a un tío que vivía cerca de la playa. Eran como cinco horas de viaje, así que nos quedaríamos un par de días.
Apenas llegamos, mi abuela se enamoró de un enorme equipo de sonido que mi tío tenía en la sala. No sé qué le vio, pero quedó fascinada y pasó buena parte de la visita insistiendo en que se lo regalara.
Esto parece un detalle sin importancia.
No lo es.
En algún momento, mi tío nos llevó a su estudio para enseñarnos un piano, un teclado o algo parecido. De eso casi no me acuerdo.
De lo que sí me acuerdo perfectamente es del librero.
Estaba lleno de películas.
Cientos.
Yo quedé impresionado. Naturalmente, fui directo a revisarlas. Había películas que llevaba tiempo queriendo ver y, con toda la ingenuidad de un niño, le pregunté a mi tío si podía regalarme algunas.
Se rio.
Me dijo que ni lo pensara.
Acepté la derrota y seguí con mi vida.
Mentira.
Me quedó la idea dando vueltas en la cabeza.
Y poco a poco elaboré un plan.
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El plan maestro
Mi razonamiento, a los diez años, era impecable: mi tío tenía tantas películas que seguramente ni siquiera las veía. Las tenía ahí de colección.
Si yo agarraba tres o cuatro, tarde o temprano notaría que faltaban.
Pero...
¿Y si no me llevaba las cajas?
Ahí estaba la genialidad.
Esperaría a que todos estuvieran tomando y distraídos. Entraría al estudio, buscaría tres o cuatro películas que ya tenía seleccionadas, sacaría únicamente los discos y devolvería las cajas exactamente a su sitio.
Nadie notaría nada.
El robo perfecto.
Cerca de las ocho de la noche, los adultos ya estaban bastante alegres. Cantaban, se reían, hablaban y disfrutaban de la noche.
Era el momento.
Entré con mucho cuidado al estudio. Ya sabía exactamente cuáles quería. Tomé unas cuatro películas, saqué los discos y volví a colocar cada caja en su sitio.
Después fui tranquilamente a la habitación donde nos estábamos quedando, escondí los discos en mi mochila y seguí con mi vida.
El plan había sido un éxito rotundo.
Nadie me había visto.
Nadie sospechaba nada.
Las películas eran mías.
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El factor que no había calculado
A la mañana siguiente nos preparamos para regresar a casa. Mientras recogíamos las cosas, me enteré de que mi tío finalmente había cedido ante la insistencia de mi abuela:
Le había regalado el equipo de sonido.
Yo no le presté demasiada atención.
Grave error.
Cuando salí de la casa, encontré a mi papá intentando meter aquel monstruoso equipo en el baúl del carro. Después de acomodarlo como pudo, miró el espacio que quedaba y llegó a una conclusión:
Las mochilas no iban a entrar.
Entonces nos vio a todos cargándolas y tuvo una idea.
«—Ya sé qué hacer.»
Empezó a abrir las mochilas y a sacar todo lo que había dentro. Ropa, objetos, lo que fuera. Lo iba acomodando en los pequeños espacios que quedaban alrededor del equipo de sonido para aprovechar cada centímetro del baúl.
Uno por uno, mis familiares comenzaron a entregarle sus bolsos.
Y al final de la fila estaba yo.
Abrazando mi mochila.
Paralizado.
Observando cómo mi brillante operación criminal se derrumbaba frente a mis ojos por culpa de un equipo de sonido que, hasta esa mañana, no tenía absolutamente nada que ver conmigo.
Cada mochila que mi papá vaciaba significaba que faltaba una menos para llegar a la mía.
Hasta que finalmente llegó mi turno.
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«¡NO!»
Mi papá agarró mi mochila y dio un tirón.
Yo no la solté.
Volvió a tirar.
Y mi cerebro, incapaz de encontrar una solución mejor, tomó el control.
«—¡NO!»
Salí corriendo.
Con mochila y todo.
Entré disparado a la casa, llegué a la habitación, la abrí y saqué los discos a una velocidad que probablemente nunca he vuelto a alcanzar en mi vida.
Corrí al estudio.
Busqué las cajas.
Devolví cada disco a su sitio.
Y regresé.
Como si nada hubiera pasado.
Lo más increíble es que nadie me preguntó absolutamente nada.
Mi papá continuó acomodando las cosas. Entregué mi mochila y nos fuimos.
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A veces pienso que mi papá sabía perfectamente que yo había agarrado algo que no era mío. Quizá vio que regresé, comprobó que ya no llevaba nada y decidió que no hacía falta decir una palabra.
Nunca se lo pregunté.
Lo que sí recuerdo perfectamente es la enorme decepción que sentí durante todo el viaje de regreso.
Porque yo ya había hecho planes con aquellas películas.
Había ejecutado el robo maestro.
Había esperado el momento perfecto.
Había seleccionado el botín.
Había entrado sin ser visto.
Había escondido las pruebas.
Había burlado todos los sistemas de seguridad.
Y cuando ya estaba a punto de escapar...
Mi abuela decidió llevarse un maldito equipo de sonido.

Texto e historia: @Novognomo
Imágenes: Generadas con ChatGPT / OpenAI
Gracias por leer.

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